El dominio público y los derechos de autor

En los últimos tiempos he sido testigo de varios debates en cuanto al paso al dominio público de ciertas obras de la literatura y el cine para, con esa libertad de utilizar los derechos del autor original, poder realizar obras derivadas.

La verdad es que es un tema complejo y difícil, un mosaico cuyas piezas, además, están provistas de múltiples recovecos. Para empezar, hay que recordar algo muy importante: la legislación de cada país a este respecto es distinta. No va a ser lo mismo la solución a un problema planteado de este tipo si nos encontramos en Europa o en Estados Unidos, ya que cada uno es soberano en este aspecto.

Para armonizar las respectivas legislaciones, en este y en todos los temas se firman tratados internacionales. En propiedad intelectual el de referencia es el Convenio de Berna, refrendado por numerosos países. Una de sus previsiones es la de respetar la normativa de cada país respecto a las obras de autores extranjeros que se exploten en el territorio del país miembro. Es por eso, por ejemplo, que la obra de Robert E. Howard es ya de dominio público en Europa, pero no en Estados Unidos.

En Europa ya se han cumplido 80 años de su fallecimiento, tal y como marcaba la legislación aplicable respecto a obras anteriores a 1987 (Para las posteriores son 70 años) Pero en USA, su país de origen, es distinto, y allí los derechos sobre la obra todavía son privados. Por tanto una obra sobre un personaje de Howard podrá publicarse aquí pero no allí, al menos sin el permiso de sus titulares actuales. Esto se complica aún más, como en tantos otros temas, con lo que supone de ruptura de barreras y de fronteras la red de redes, Internet.

Además, puede darse la circunstancia de que en el aspecto de propiedad intelectual la obra se encuentre, en un territorio, libre de derechos pero que la marca que define o nombra al personaje sea propiedad de un titular porque la haya registrado antes que nadie, o se la hayan transmitido. En esos casos, y más si es una marca notoria o internacional, no se podrá, aunque sea una obra de dominio público, utilizar como título o reclamo de la obra derivada.

En el cine, además, recordemos que existe la particularidad de que las obras cinematográficas se consideran obras en colaboración de una pluralidad de autores, que la Ley de Propiedad Intelectual enumera y la Ley del cine completa: Director, guionista, autor de la banda sonora y director de fotografía: una de las consecuencias de este régimen legal es que el plazo de 80 o 70 años (volvemos a depender del año de la obra) no empezarán a contar sino a partir del fallecimiento del último superviviente de entre estos autores.

En Estados Unidos el régimen legal es distinto, con lo que nos podemos volver a encontrar con esta disparidad de criterios. Para finalizar, recordemos que cada obra derivada, si cumple con los requisitos para ser considerada como tal, en especial el del permiso del autor original, es una obra singular con sus propios derechos y plazos de caducidad desde su concepción, lo que es importante, por ejemplo, para remontajes y versiones posteriores de un filme.

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